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LEE PARA MÍ, SIRENA

Capítulo 1

Cariño, cuánto te odio, Sally Thorne


Llevaba de mal humor toda la semana, o todo el mes… o quizás más. Había perdido la cuenta del tiempo que hacía que no levantaba cabeza, si es que en algún momento había marcado en el calendario el día en que empezaron a torcerse las cosas.

Maldito encargo. No tendría que haberse comprometido a escribir una novela. Tenía poco tiempo. Quería escribir algo que hiciera vibrar al lector, que fuera distinto, pero que a la vez encerrara los sentimientos que siempre emocionan. Que fuera sencillo, pero de gran belleza. Original, pero clásico. Había perfilado el argumento y los personajes, pero le faltaba algo, y no sabía qué era. No sabía dónde buscar aquello que necesitaba. La trama, que tan sublime le había parecido cuando se le ocurrió, ahora gritaba mediocridad; los personajes estaban manidos, a todo le faltaba la chispa del talento. El que le faltaba a él. ¿Por qué se había comprometido? Acabaría haciendo el ridículo.

La página en blanco del ordenador le recordaba con burla su falta de creatividad. Y, sin poderlo resistir más, cerró la puerta de su casa de un portazo y salió a despejarse.

Paseo de Gracia era un escaparate viviente, tanto de tiendas como de personas reales que podían inspirarle. Subiendo desde la Gran Vía, se había percatado de lo vacías que le parecían las caras de los transeúntes. ¿Eran ellos o era él? ¿Es que nada le provocaba para empezar a escribir una historia de la que estirar el hilo hasta construir una trama que lo satisficiera?

Harto de mirar, de querer encontrar en los demás lo que a él le faltaba, entró en Casa del Libro. Mirar portadas de las últimas novedades le relajaba. Tocar los libros le amarraba a una realidad llena de ficción. Abrir sus páginas lo transportaba a un lugar lejano donde el ruido de la ciudad, los problemas cotidianos y su dolor se evaporaban.

El mundo a su alrededor se ralentizó, el sonido de las palabras fue gradualmente bajando de intensidad y las personas se diluyeron en el aire… Todo desapareció excepto él y los libros. Tocaba uno, lo cogía, leía el primer fragmento, lo dejaba. Miraba otro, leía la contraportada, se lo llevaba. Cerraba los ojos y leía con los dedos el título de aquellas novelas que tenían relieve. Libros, palabras, emociones. Casi en trance, ajeno al bullicio de la tienda, fue adentrándose en el corazón de Casa del Libro, atravesó el pasillo atestado de libros y sin desviarse, como si algo invisible tirara de él, llegó a la sección de arte. Libros grandes, preciosas ilustraciones, pinturas magníficas, hojas suaves al tacto, que se deslizaban de entre los dedos como el cabello sedoso de una mujer que se escapa.

Cogió uno al azar, pintores del s. XIX. Y, al abrir una página cualquiera, se encontró con su fantasía, vio la imagen femenina que se resistía a cobrar vida en su imaginación. Por fin las piezas del puzle empezaron a encajar. Su novela había encontrado sus puntos de apoyo. La Sirena de Waterhouse sintetizaba en una imagen aquello que buscaba sin saber lo que era. La inocencia de sus ojos azules. El entorno del mar donde esconder sus secretos. El tesoro de una civilización desconocida. El amor por descubrir de una sirena.

Necesitaba impregnarse de la imagen, de las sensaciones que le provocaba. Quería ir a la playa del cuadro para oler el mar, para respirar la fragancia femenina, para sentir los rayos de sol colándose entre las nubes mientras le calentaban la piel.

Pero un murmullo sordo, un molesto zumbido lo estaba apartando de su ensoñación. Intentó en vano cerrar los ojos y atrapar el sueño que se le escurría sin poder detenerlo. Y de repente, todo el ruido, el movimiento y el calor de la sala le golpearon trayéndolo de vuelta a la realidad.

«—Tú me quieres. —Veo en el espejo cómo sonríe ante mi tono perplejo y asombrado.

—Desde el primer momento en que te vi. En cuanto me sonreíste, me sentí como si cayera hacia atrás por un precipicio. Y ya no he dejado de sentirlo. He estado intentando arrastrarte en mi caída. De la peor manera posible, de un modo extravagante y propio de un tarado.»

—¡Oh! Este fragmento me ha parecido sublime —dijo una chica rubia llevándose las manos al pecho—. Solo por esta frase ya vale la pena leer la novela.

Martín miró una vez más la pintura; dudaba si había tenido una alucinación y las palabras que había oído habían sido pronunciadas por la imagen como si fuera el canto de una sirena para atraerlo. No era lo que había escuchado, sino la sensación que le había provocado escuchar las notas dulces y llenas de fuerza de su entonación. Sacudió la cabeza y oyó unas risas.