Image by Kat von Wood
 

LEE PARA MÍ, SIRENA

–¿Os acordáis de la escena del ascensor? ¿Cuando él va a besarla y ella cree que quiere asesinarla?

—Yo empecé a reír en ese momento y ya no pude parar.

Había unas sillas dispuestas en círculo alrededor de una mesa baja donde se encontraban unas palomitas, unas fresas y un pastel. Un grupo de chicas reía mientras hablaba, pero solo una de ellas era la que había llamado la atención de Martín. ¿Quién era?

Sin poderlo evitar se acercó, con el libro de arte aún en las manos, y se sentó en una de las sillas que había detrás, donde había visto que algunas personas estaban leyendo un libro o escuchando la conversación del, supuso, club de lectura.

Una de ellas trasteó en su móvil hasta que comentó:

—La traducción del título a diferentes idiomas no respeta el original, y es donde creo que se acierta más, porque la trama entre los protagonistas es un juego de odios: «The hating game».

Martín las miraba mientras se reían, comían, charlaban y suspiraban en algún fragmento que iban leyendo. ¿Quién sería la sirena que había hablado? Todas tenían algún atractivo y, a tenor de sus comentarios, también eran listas. Las había rubias y morenas. Altas y bajas. Delgadas y con carne en los huesos. Jóvenes y maduras. Pero todas ellas divinas y estupendas. Aunque solo una lo había cautivado con su voz. ¿Quién?

—«El Josh», quiero un Josh en mi vida…

En ese instante, Martín decidió que se iba a comprar la novela Cariño, cuánto te odio. Él iba a ser ese Josh que tanta pasión había despertado.

—La escritora ha colgado en su Pinterest la imagen de su «muso» para el personaje de Josh…

—¿Quién es? –gritó una.

—Liam Hemsworth.

—Me lo imaginaba más malote.

—A mí el que me gusta es su hermano… —dijo otra con el pelo rizado.

Martín no daba abasto a coger apuntes en la aplicación de notas de su móvil de lo que tan despreocupadamente estaban comentando las mujeres del club de lectura. Ellas, ajenas al hecho de que tenían un espectador muy atento, hablaban libremente y se lo estaban pasando en grande.

A las ocho dieron por concluido el club para desespero de Martín, que no había podido identificar la voz que lo había subyugado. ¿Cómo lo haría para conocerla?

—Venga, votemos las propuestas para el próximo club.

Menos mal. Con la angustia de perderlas de vista, había obviado que, si era un club, lo más normal es que se reunieran periódicamente. Con un poco de suerte en una semana las volvería a ver.

—Bueno, chicas, pues nos vemos el mes que viene. A ver qué nos parece el próximo libro.

Era evidente, una semana era poco tiempo de margen para leer las novelas. Así que las reuniones eran mensuales…

—Acordaros que mañana, si no pasa nada, colgaré la crónica del club.

¿Crónica? Perfecto. Al menos podría conocer sus nombres.

Las chicas se levantaron para hacer una foto grupal, y Martín, disimulando, también les hizo una. Las estudiaría y las miraría detenidamente por si algo en el físico de alguna de ellas despertaba lo que fuera en él. Su sirena de melódica voz…

Con el libro de arte y la novela Cariño, cuánto te odio en una bolsa, salió de Casa del Libro hacia su casa. Hacía una noche espléndida, aunque en realidad llovía. Martín no notaba cómo se estaba calando, solo pensaba en que él también había encontrado a su musa y, ahora que por fin sabía cuál era el hilo que unía las ideas dispersas que revoloteaban en su cabeza, iba a estar escribiendo en su ordenador hasta que las fuerzas lo abandonaran. Y además quería ver las caras de todas las chicas en su pantalla de MAC.

Ella estaba de pie, después de hacerse la foto con todas, mientras se despedía y aprovechaba los últimos minutos para seguir comentando la novela. Se estaba riendo con sus compañeras recordando la escena en que Lucy se pone enferma en el partido de paintball y vomita, ya que, aunque tendría que ser asqueroso, era hilarante. Entre risas, comentarios y deseos de que la próxima lectura fuera tan divertida, levantó la vista por casualidad y lo vio. Él estaba sentado, escribiendo algo en su móvil concentrado al máximo. Pero incluso con la cara inclinada sobre el teclado y con un leve fruncimiento del cejo, se le veía espectacularmente atractivo. De repente alzó la vista como si buscara algo y lo vio en todo su esplendor. Ella se llevó las manos al pecho, en un intento de calmar los latidos de su alocado corazón. ¿Cómo era posible que alguien estuviera tan bueno? ¿Así que en realidad los protagonistas de las novelas románticas existían y caminaban entre nosotros? No podía apartar la mirada, y es que por un momento dudó si se trataba de Theo James… Pero, no podía ser ¿no? No, no era él, aunque se le parecía un montón. ¡Quiero ser divergente! tuvo ganas de gritar. Ay, por Dios, ¿qué le estaba pasando? Nunca se había quedado tan noqueada mirando a un desconocido. Su barba descuidada, sus ojos intensos, sus hombros musculados… Ya sabía que era imposible que jamás tuviera una oportunidad de conocerlo, pero… qué bien que se lo iba a pasar imaginándolo...

Capítulo 2

Palabras que nunca te dije, María Martínez


Cuando Martín llegó a su casa, dejó el abrigo mojado en el suelo del recibidor, encendió el ordenador mientras cogía unas galletas saladas, frutos secos, leche, embutido, pan y todo aquello que pilló sin pensar en si aquella mezcla de sabores era la indicada o no. No quería moverse de la silla hasta que todo lo que bullía dentro de su cabeza estuviera fuera de ella, a poder ser en un archivo que tuviera copias de seguridad.

El sonido del teléfono le irritó sobremanera. Sin molestarse en apagarlo, lo silenció, pero momentos después el fijo de casa sonaba insistentemente.

—¿¿Qué?? —ladró.

—¿Tampoco hoy tienes buen día, gruñón? —le preguntó una risueña voz.

—Mira, no tengo tiempo. Te aviso que voy a desconectar el teléfono y que no quiero que me molestéis.

—Pero es que mamá quiere saber…

—Que no. Que no puedo perder más tiempo…

Después de un silencio contenido, cuando Martín ya estaba a punto de colgar la oyó chillar:

—¿En serio? ¿En serio has encontrado lo que buscabas? —replicó emocionada su hermana.

—Otro día te compensaré, te lo prometo. Escucharé tus tonterías y me reiré de tus chistes. Pero ahora no…

—Vale, vale. Te queremos… —cortó con una risa expectante.

Martín colgó el teléfono. En su casa ya conocían sus momentos de aislamiento durante un proceso creativo. Mientras estaba enfrascado en algún proyecto se había olvidado hasta de comer, por eso en un ramalazo de lucidez había cogido comida al tuntún, pero dudaba que percibiera incluso la mordida del hambre en el estómago. Y lo que tenía en mente era demasiado bueno como para pasarlo por alto. La imagen de la sirena y la voz desconocida lo impulsaban. Y así empezó una noche muy larga que para él transcurrió en un suspiro.


Se había quedado dormido encima de la mesa, y, en un alarde de precaución, había apartado el teclado en un lateral. No recordaba haberlo hecho ni haberse quedado dormido. Pero con las notas que había escrito, se quitaba un gran peso de encima. Por fin volvía a crear y parecía que apuntaba maneras. Se levantó a por un café y mientras se calentaba las manos en la taza, observó la foto que había tomado de las chicas sin que ellas se dieran cuenta.

Entre un montón de cabezas morenas destacaban algunas rubias y una única pelirroja. La mayoría tenían el pelo liso, pero había unas pocas con el pelo rizado. Martín las observaba como si fuera un detective buscando una pista escondida.

¿Cómo tendría ella el pelo? ¿Había alguna que le llamara la atención por algo? Con gafas, sin gafas… Al menos todas sonreían. Era evidente por las risas que había escuchado que se lo pasaban bien… No tendría que preocuparse por si su chica era antipática. Un momento ¿había dicho «su chica»? No, no. No era su chica, era alguien cuya voz le había llamado la atención… ¿no? Martín no quería analizar lo que estaba sintiendo. Lo sepultó bajo el subidón de adrenalina que le daba la satisfacción de haber empezado su novela.

Y, concentrado mirando la fotografía, de repente descubrió que había una chica medio escondida a la que apenas se le distinguían los ojos, y supo que era ella. La fuerza que desprendía su mirada lo golpeó con fuerza. ¿Cómo no la había visto allí? Seguramente estaría sentada de espaldas a él y quizás, después del fragmento que había leído, ya no había vuelto a decir nada. Pero era ella. Estaba seguro.

La chica del pelo rizado había dicho que a la mañana siguiente intentaría colgar la crónica en su blog, así que buscó en google «crónica club de lectura cariño cuánto te odio» y los dos primeros resultados le llevaron hasta «La teva lectura i la meva». Perfecto.

Salían algunos nombres. Mireia era la directora del club, Neus la conductora con Carme, y… ¿qué eran esas letras? Pero ¿es que acaso había sustituido los nombres de las asistentes por letras?

—Pues no me va a tocar otro remedio que ir al próximo club —pensó en voz alta, entre ilusionado y asustado.


El mes de espera le pasó volando. Martín, sin nada más que hacer mientras esperaba al próximo club, se dedicó a escribir y a escribir, y a soñar y a soñar… ¿qué haría cuando conociera a la sirena de sus sueños? ¿Sería capaz de hablar con ella?



Capítulo 3

El día que dejó de nevar en Alaska, Alice Kellen


Cuando llegó el día, Martín no podía estarse sentado. Había llegado con una hora de antelación por si acaso. Volvió a la sección de arte como la vez anterior. Cogió otro libro, pero no pudo prestarle atención. Estaba demasiado pendiente de la llegada de las asistentes al club de lectura, pero a ella no la veía por ningún lado. ¿Era posible que estuviera y no la reconociera? Al fin y al cabo, en la foto no se apreciaba bien todo su rostro…

Se estaba dando cuenta de que había chicas que no habían asistido a la reunión anterior… Así que no siempre eran las mismas. A las nuevas las podía descartar directamente, pues la que le interesaba había ido a la reunión del mes pasado.

—Nilak es maravilloso…

—Me gusta que la novela no sea un InstaLove.

—Que atormentado se le ve… Pobre Nilak, cree que necesita permiso para ser feliz.

—Es que Nilak cree que está traicionando a Annie enamorándose de Heather.

—¿Cuándo os disteis cuenta de quién era Annie?

—Cuando descubrí quien era el casero de Heather, casi me eché a llorar…

—¡Me pido un Nilak para Reyes!

Pero, a ver, estas chicas, venían al club ¿a hablar de literatura o a hablar de hombres hechos de papel? No hacía falta que babearan por personajes de ficción… los había de carne y hueso. Ella podría babear por él… Pero había algo de lo que habían dicho que le había llamado la atención. ¿Annie, Nilak y Heather eran un triángulo amoroso? No lo parecía. Quizás el tal Nilak lo había dejado con Heather y ahora se sentía culpable… Tendría que comprar esa novela para entender bien qué era lo que seducía a las chicas del club de lectura. Aunque solo le importaba la opinión de una de ellas…

Siempre había ridiculizado la literatura romántica por absurda, fácil y falta de talento, pero oyéndolas se había dado cuenta de que en ese género se exploraban las emociones de una forma casi meticulosa. Y, por suerte para él, esas novelas podían ser un manual para poder llegar al corazón de la sirena que lo había cautivado con su canto.


Capítulo 4

Una madre, Alejandro Palomas


—Contesta sí o no, ¿estás con ella? —susurró una voz.

—Esto... ¿qué?

—Que si estás solo o acompañado.

—¿Alba?

—¡Martín! Contesta de una vez, caramba.

—Esto…, pues estoy solo ¿por?

—¡Ahora mismo voy!

—No...

Pero el pitido monótono del teléfono decía que ya no había nadie al otro lado de la línea. No tardó en oír un portazo en la escalera y el timbre de su puerta. Al menos no tenían llave de su casa. Ya era bastante malo tener a su familia viviendo en el mismo edificio. Sin cerrojos de por medio no tendría ni un mínimo de intimidad...

—No te voy a abrir, Alba —le espetó por el simple gusto de molestarla.

—Pues no dejaré de apretar el timbre hasta que me abras o hasta que algún vecino nos amenace porque le molestamos.

Si no fuera porque ya había vivido la vergüenza de que un vecino les llamara la atención, hubiera pasado de ella. Así que abrió la puerta a regañadientes.

—Eres peor que un grano en el culo.

—Yo también te quiero.

Martín puso los ojos en blanco. Aunque con sarcasmo, ¿era necesario repetir tantas veces a un hermano que lo querías? ¡Cuánto daño estaba haciendo la literatura romántica!

—Cuéntamelo todo. ¡Ah! Y que sepas que mamá está haciéndote comida. Mañana se pasará a dejarte tuppers.

—No necesito que me siga cuidando. Sois un coñazo. —Aunque estaba pensando en si le llevaría croquetas, fricandó, lentejas o alcachofas con almejas.

—Arroz con leche.

—¿Cómo?

—Que uno de los tuppers es de arroz con leche.

Maldita —pensó Martín—. El arroz con leche de su madre era insuperable. Es que no podía ni poner su mejor cara de indiferencia. Olía la canela y el limón y dejaba de pensar en otra cosa que no fuera devorarlo. En fin. Cada uno cargaba con sus infiernos. A él le había tocado soportar a una familia maravillosa que lo adoraba.

—Bueno, ¿qué quieres?, que estoy ocupado.

—Qué borde eres... no sé cómo te aguantamos...

—Porque en el fondo os reís conmigo...

—Mucha risa me va a entrar cuando te dé un guantazo si no me explicas a la de ya cómo es ella, en qué lugar se enamoró de ti, de dónde es y a qué dedica su tiempo libre...

—Le tendré que decir a mamá que deje de escuchar a Perales en tu presencia... no te está haciendo bien, te lo aseguro...

—¡Venga! —le gritó mientras le suelta un manotazo en el brazo.

—Au… —se quejó.

—Nenaza...

—Pues, que no ha venido. No hay nada que contar.

Alba se quedó callada, viendo cómo su hermano tenía la mirada perdida entre sus pensamientos.

—Y ¿qué vas a hacer?

—¿Hacer? Nada.

—¿No volverás al club?

—Creo que no soy capaz de alejarme hasta que la vuelva a ver. —Martín se calló que desde que la vio había ido cada día a Casa del Libro con la esperanza de que ella también hubiera ido por allí. Había podido ver a dos chicas del club que trabajaban en la librería. Incluso se había atrevido a hablar con ellas, interesándose en la temática de sus reuniones, en la mecánica y en las asistentes. Tenían página en Facebook ¡¡con 216 miembros y aumentando!! Iba a ser difícil encontrarla por esta vía. Muchas no tenían su foto en el perfil así que era misión imposible. Pero de esta investigación a su hermana no quería decirle ni palabra.

—Estás enamorado —sentenció, segura.

—Por favor... si esto fuera una novela estaríamos en la página 18. Nunca me han gustado los InstaLove.

—Pero es inevitable. Cuando aspires su esencia tu corazón sabrá que ella es para ti... —dijo soñadora.

—¿En serio? ¿Su olor? ¿Qué estás leyendo ahora, Alba?

—Eso no tiene nada que ver... —replicó, digna.

—Que qué estás leyendo —suspiró con paciencia.

—La Saga Vanir de Lena Valenti —admitió, derrotada—. Pero el amor es así. ¡Puede pasar!

—¿Te das cuenta de que lo que lees es ficción, verdad? —Martín exageró el gesto de preocupación.

—Vete por ahí. Idiota. A ver, pues explícame por qué tienes esta cara de tristeza si tu novela va bien y por fin tu proyecto está despegando. Pues porque te has enamorado y no sabes cómo encontrarla —remató triunfalmente.

—Anda, anda, que cómo te gusta meterte conmigo.

Martín desvió el tema como pudo. Sabía que a su hermana le fascinaba el universo Marvel en general y el personaje de Thor en particular, así que, hablando de superhéroes, dejaron el tema de su enamoramiento. Una vez en la puerta, mientras se despedían, Alba lo abrazó como cuando era pequeña, estrujándolo con sus brazos y piernas como si fuera un koala. Con sus zapatillas de oso panda, su pijama rosa con corazones y su escaso metro sesenta de estatura, realmente parecía una niña junto a un gigante. Martín activaba su instinto de protección con esa canija molesta que le había robado su tranquilidad y su corazón.

—Sabes que al final es Julia Roberts la que salva a Richard Gere, ¿verdad?

—Y eso me lo dices, ¿porque...

—Porque eres grande, fuerte y listo, pero todos necesitamos que nos salven de nosotros mismos, de nuestras propias manías, de nuestros aislamientos, de nuestra melancolía.

—Y tú me vas a salvar, ¿pequeñaja?

—Siempre voy a estar a tu lado. Pero yo no te salvaré. Lo hará esa chica que ha hecho que tu corazón vuelva a latir. Ha llegado el momento de dejar de mirar atrás. Mira hacia delante. Date una oportunidad.

Con la garganta seca y los ojos brillantes, Martín apretó los labios en un asentimiento forzado. Condenada mocosa. Tenía la fea costumbre de entenderle, de verbalizar sus propios sentimientos como si él mismo no supiera cuáles eran, de darle lo que necesitaba, aunque no lo quisiera. Y aquella vez también había acertado de pleno. Se había enamorado, sí. Había llegado el momento de avanzar en su vida, de dejar atrás su decepción. Y necesitaba que el amor de esa chica desconocida lo salvara de su propia quietud, de la inmovilidad que le provocaba el miedo a ser rechazado de nuevo.


Capítulo 5

Amor se escribe con H [o con G, M, C, L, N, A…] y otras maneras de decirte que te quiero, Andrea Longarela (Neïra)


Habían pasado dos meses desde que la oyó por primera y única vez. Durante esos dos meses había leído las novelas que se habían comentado en el club, había estudiado con meticulosa profesionalidad las crónicas del blog La teva lectura i la meva; quería saber qué concepto tenían del amor esas chicas, qué les emocionaba, qué les repelía, qué les gustaba. Había diferentes opiniones, para eso estaban los clubs de lectura, pero creía haber encontrado unas ideas básicas generales. Si su hermana se enteraba de todo el tiempo que había invertido para encontrar las pistas que iba a necesitar para enamorar a una desconocida, se iba a estar riendo en su cara por toda la eternidad…

En su lista destacaban dos protagonistas por encima de todos los demás: Josh y Nilak.

También había apuntado un beso perfecto como el de La Partitura, de Anna Casanovas, uno lleno de amor y de pasión que demostraba todo lo que el personaje masculino la había echado de menos y que a ella la dejaba deseosa de más.

Había subrayado la importancia de que la relación amorosa no fuera tóxica, ya que el amor, para que fuera bueno, tenía que mejorar tanto a la pareja en sí como a los individuos que la formaban, aunque no podían dejar de ser ellos mismos, ni perderse por el camino. Este punto era un poco difícil… Cambiar para mejorar, pero no dejar de ser uno mismo… Qué complicado era esto de intentar enamorar a la carta.

Y, entre muchas notas más, el amor tenía que estar unido al humor. A reírse de uno mismo, a protagonizar escenas absurdas y darle un giro cómico en vez de ridículo, como la protagonista de Artes maritales mixtas para una fugitiva, de Zebina Guerra, cuando se queda encallada en el ventanuco del baño.

Humor, juego, eternidad y amor… se estaba poniendo muy nervioso.

—Bueno, chicas, hoy es un día especial. Cumplimos el tercer aniversario de nuestro Club de Lectura y estoy muy contenta de ver que lo que empezó como un proyecto personal ha llegado hasta aquí. Gracias a todas vosotras, a vuestros comentarios y a vuestras risas, el club es lo que es: un lugar donde pasarlo bien compartiendo lo que nos hace tan felices, es decir, leer libros y comentarlos. Hoy tenemos preparadas algunas sorpresas, sortearemos dos libros, cortesía de Titania y Un amor, de Alejandro Palomas, dedicado. Carme ha escrito un relato donde las protagonistas somos todas nosotras. El pastel con la velita lo ha hecho Txell de Casa del Libro y… hablad vosotras porque me emociono…

—Muchas gracias a ti, Mireia…

Martín miró fijamente la espalda de la chica que acababa de hablar… era ella…

—… nosotras también estamos muy contentas de venir aquí un sábado al mes. Además, seguimos hablando de libros en redes y…

Martín se levantó, no tenía muy claro lo que iba a hacer o a decir, tampoco había planeado si se esperaría a que acabara el club, o si lo interrumpiría.

—… nos lo pasamos muy bien…

Martín no podía parar a sus piernas, que echaron a andar sin su permiso. Efectivamente, la voz estaba de espaldas y necesitaba verle la cara. Se encaminó hacia las escaleras para tener un buen ángulo y cuando se giró, se maravilló de no haberse equivocado. Esos ojos que asomaban discretos en la foto pertenecían a la voz de su sirena.

—… y… y… nos encanta… esto… —Se había quedado muda, paralizada. El hombre atractivo que había visto en la reunión anterior escribiendo en su móvil la estaba mirando sin disimulo, como si quisiera decirle algo.

Al ver que su compañera se atascaba y miraba fijamente hacia un punto en las escaleras, todas siguieron la dirección de su mirada. Y le vieron. Había quien se había dado cuenta de su presencia callada en las dos últimas reuniones, pero ahora le miraban con incertidumbre. ¿Acaso se conocían?

Martín sintió el silencio, notó que su sirena lo miraba y de que todas estaban esperando a que dijera algo. Así que entró en el círculo de sus sillas, se acuclilló delante de ella y le dijo:

—Me llamo Martín.

—Hola… —se sonrojó, tímida.

—Hola, A, B, C, D, E… o como te llames…

Unas risitas relajaron el momento…

—Te oí hace dos meses, y tu voz me inspiró. Desde entonces solo pienso en verte, en poder hablar contigo y en volverte a escuchar. He estudiado todos estos personajes que tanto parecen gustaros para poder presentarme ante ti y tener una oportunidad para que quisieras conocerme.

Oyó una exclamación ahogada de una de ellas. No se giró para ver de quién se trataba.

—Había pensado montarte un juego de odios, para que me vieras como tu propio Josh, pero soy más bien de hablar claro y no jugar con los sentimientos ajenos. Sé que quizás esto ya te desanime…

—Sigue… —dijo ella en un susurro.

—Creí que, si te explicaba que mi antigua novia me dejó, harta de mí, porque soy escritor y paso periodos de tiempo encerrado en mí mismo aporreando obsesivamente el teclado del ordenador, y que desde entonces me da un miedo atroz volver a empezar cualquier relación porque no quiero que me vuelvan a hacer daño, quizás me vieras como el personaje torturado de Nilak que tanto os gustó. Pero luego me di cuenta de que lo mío no era tan grave y que, si te decía que me habían dejado por insoportable, lo que seguramente conseguiría es que huyeras de mí en vez de querer quedarte conmigo.

Alguna lagrimita ya corría por las mejillas de unas cuantas asistentes, emocionadas ante el hecho de que una de ellas estuviera protagonizando una escena digna de salir en una novela romántica.

—Incluso me planteé venir con una bici, como Pedro, pero me daba vergüenza que me prohibieran entrar en Casa del Libro con ella, y tuviera que ir a casa a dejarla y llegara tarde al club.

—¿Tienes una bici?

—De hecho, no. Pero me la hubiera comprado. —Martín se dio cuenta de lo absurdo que parecía todo, pero ya no podía parar—. Sé que esto es una locura. No te prometo amor eterno porque aún no nos conocemos y todo lo que prometo es sagrado para mí. Lo único que puedo decirte es que me muero por poder hacerte esta promesa. ¿Nos das una oportunidad? Podríamos empezar saliendo de aquí ahora mismo. ¿Qué te parece? Déjame ser el protagonista de tus novelas, tú ya eres la protagonista de mis sueños. Lee para mí, Sirena.

El silencio en el círculo era expectante, cargado de emoción.

—No, creo que no es una buena idea…

—Entiendo. Perdona por haberte molestado —se levantó, abatido.

Un «oh» ahogado se oyó a lo lejos. Parecía que había más público para esta declaración de lo que pensaba.

—No. No me has entendido. Hoy el club cumple tres años, y me gustaría celebrarlo con mis compañeras. Pero, si te apetece, podrías quedarte con nosotras, y luego… ya veremos.

—¿Soy bienvenido?

—Por supuesto —dijo Mireia—, cualquiera que quiera venir a nuestro club es bienvenido.

—Entonces, me quedo. Y, por cierto —dijo girándose otra vez hacia su sirena—, tu nombre es…

—Eso, Martín, aún te lo tienes que ganar. Pero, de momento, vas bien —le contestó con una sonrisa.

Carme Prats